Había una vez una historia de un niño, un niño miedoso que temía a las bestias de la selva de los alrededores. Cada vez que debía salir se ponía nervioso, hasta que un día, decidió acostarse a dormir y ya no salir más.

Cada cierto tiempo el niño ermitaño se despertaba, cortaba hortalizas del jardín, saludaba a quienes vivían en la casa, se alimentaba y volvía a dormir sin darse cuenta ni mirar como evolucionaba la selva que lo rodeaba y tanto le asustaba.

Un día el niño ermitaño se despierta y ve que la casa estaba sola y el jardín estaba seco. “Se han ido” suspiró, “me han dejado” replicó, pero no hizo nada más que volver a dormir sin tomar conciencia de su entorno, de su existencia, de los años transcurridos y la soledad que ahora le perturbaba.

En su siguiente despertar el niño se dio cuenta que se sentía solo. Pensó en salir a buscar gente o compañía pero finalmente su miedo a recorrer la selva desconocida era más perturbador que la soledad que le aquejaba constantemente como un rugido o una tristeza en su interior.

Un día el niño se despertó para darse cuenta que ya no era a niño, no era ni siquiera un adolecente.

El niño ahora se llamaba ermitaño y tenía barba blanca, canas en la mayoría de los vellos de su cuerpo, los ojos opacos y una tristeza interior por no haber salido a conocer el mundo.

El niño ermitaño murió siendo viejo, un viejo solo en la cabaña. Con una desesperación por no haber vivido un par de días en la selva, para experimentar que tan terrible era aquello que le impidió ser libre de su propia cárcel y lo hizo morir dormido.

El niño ermitaño, vive en ti cada vez que dejas que un miedo te impida hacer lo que sueñas o de aventurarte a conocer el mundo que quieres experimentar y vivir.

Solo recuerda que no quieres morir sin haber saboreado algún fruto de placer como lo hizo el niño miedoso que se convirtió en el viejo ermitaño que tenía tristeza de perder su vida entre cuatro paredes y un espejismo de miedo y soledad.